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Cuando el paciente no quiere cambiar

El proceso terapéutico se vuelve complejo cuando y aún más cuando el paciente van más allá de lo que el terapeuta pueda sospechar. En este artículo tratare de explicar aquellos aspectos y/o circunstancias que posiblemente pasa todo terapeuta en algún momento de terapia.

“El paciente no quiere cambiar”

Uno de los relatos más fuertes por parte de terapeutas y pacientes con los que me he topado es “el paciente no quiere cambiar”. En realidad el terapeuta no cambia al paciente, es el mismo paciente quien cambia por medio de la terapia.

Cuando el paciente acude a terapia solo porque su cónyuge y/o padre se lo pide, por ejemplo algunas de las afirmaciones más recurrentes que he escuchado son: “si no vas a terapia ya no te daré permiso para usar el automóvil” “¡O haces terapia o me separo de ti!”. En casos similares la motivación del paciente no es propia y por lo mismo la terapia no es más que un pretexto, así que es un tanto difícil encontrar resultados positivos.

A diferencia de un paciente que recurre porque quiere ponerle fin a sus estados emocionales, un paciente que llega a terapia por algún pretexto “tiende” a no cambiar, en algunos casos no se nota mejora en la conducta. Entonces, a veces ocurre que algún terapeuta piensa o incluso dice: “Este cliente no quiere cambiar” ó “Su problema es su vicio y no quiere dejarlo” y/o “Si no cambia, es por falta de voluntad”.

Quisiera tener palabras bonitas para decir esto pero en realidad cuando terapeuta dice que “el paciente no quiere cambiar” sencillamente se ve frustrado ante la situación del paciente. Aunque el terapeuta tenga una especie de mapa que le ha proporcionado su modelo terapéutico a veces no son suficientes porque cada persona lleva consigo una complejidad humana.

Límites y alcances

Es muy probable que los terapeutas lleguen a un límite de sus conocimientos y existe un momento en el que no se tenga idea de qué hacer con el paciente. El terapeuta ha tratado las heridas del paciente según el mapa que le ha proporcionado su modelo terapéutico, pero cada modelo terapéutico tiene sus límites y, además, tiene una tendencia simplificadora, que hace que aparentemente todo quepa en el mismo saco, aunque no sea así.

Algo que es muy lamentable es que como terapeuta en lugar de tomar conciencia de su   frustración y de su falta de conocimientos, le resulta más cómodo culpar al paciente por su resistencia.  Y luego, el paciente además de su problema, deberá afrontar esta culpa arrogante por parte de su terapeuta. Y a menudo ya carga con un sentimiento de culpa porque se reprocha a sí mismo el hecho de que su situación no haya cambiado esencialmente a pesar de todos sus esfuerzos.

A veces el paciente solamente necesita ser comprendido para que cambie de actitud, por eso es importante tomar en serio a cada paciente.

Por lo tanto, el terapeuta no debe esperar que una misma intervención terapéutica funcione con todos sus pacientes o tendrán los mismos resultados. Es posible que un modelo terapéutico funcione para un paciente pero no para otro. Por lo mismo, hago énfasis en que un terapeuta debe ser multifacético  (que conozca diversos modelos y técnicas terapéuticas) para poder lidiar con situaciones similares.

Tal vez la causa del fracaso esté en la elección de un momento inadecuado, en la selección de la intervención terapéutica o en su aplicación. Quizá sea necesario desarrollar algo nuevo para este paciente con el fin de acercarnos, de este modo, a su realidad única.

Referencia: Bourquin Peter “El arte de la terapia” Mitos de la terapia. Ediciones Desclée De Brouwer. Madrid, España. 2011.